sábado, 28 de abril de 2012

Quemazón

   Un cronopio, de tanto saltar y saltar, se sienta a reposar -cosa rara- y decide tomarse un baño -cosa más rara todavía. Corre por el pasillo, rasga esa tela larga que lo viste, se desnuda, toma el jabón de jazmín -por que le gusta perfumarse aunque no lo crean- y se mete a la ducha.
   Contento, ese cronopio, abre apresurado las llaves de agua. Primero una, la derecha y el agua helada hace que sus feos pelos marrones se ericen. Se frustra, junta sus manecitas medio aterrado pero no se enoja. Luego la otra, de a poquito, para no quemarse y más rápido despues... y ¡zas! sale hirviendo, llena de vapor la maldita.
   El cronopio brinca de susto, todo quemado, chilla, se sostiene de la cortina y cae golpeando su gigante cabeza sobre el borde del orinal. Y ocurre el peor suceso de un cronopio.
   Roja sangre ahora brota de él, de su cabeza, tiñiendo de rojo oscuro su verde y brillante piel.
   Pobre cronopio, medio inconciente y medio vivo, intenta gritar y llamar a su vecino fama... pero es inútil. Nadie viene a socorrerlo. Se escuchan desde la cocina sus chillidos sordos de dolor, por la quema y el golpazo.
   Rueda por el suelo, como jugando a que era pintor y pintaba con su cuerpo, aún muriendo juega ese cronopio.
   Y llega la hora. Solo se esfuerza por escribir su nombre -que tanto le gustaba- sobre el cerámico, con esa sangre, como la lápida de la tumba donde pronto perecerá.
   Tambalea su cabeza, cierra los ojos y finge estar dormido. Y duerme al fin, o eso cree él, con la esperanza de capaz despertar...
   — Ay, ay, ay, pobre cronopio! —dicen sus vecinos famas al enterarse de la tragedia, sujetando sus cabezas.
   —Al fin podremos descansar de los ruidos molestos —susurran otros con muecas de alegría.
   Y es que los cronopios son así, propensos a la muerte los pobrecitos.

sábado, 31 de marzo de 2012

Sueño breve

   Soñé... que te abrazaba, sentados bajo un árbol, enamorados creo que estabamos.
   Sentía tu frezcura de menta, tocaba tu suave piel, acariciaba ese cabello lasio que tenías y... luego un olor espantoso, si, provenía de tí, a heces precisamente.
   En segundos, fuimos invadidos por una muchedumbre de moscas que venían por tí, tú las atraías. Sentí celos por un momento. Eran mutantes creo y comenzaron a picarnos.
   —Diablos —dijimos en coro mientras ellas nos invadían, sacudiendo los brazos para espantarlas.
   —A ver si para la próxima te bañas —dije golpeando tu cabeza bastante enojado.
   Y corrimos en direcciones opuestas, y tuve que tirarme a un río para alejarme de ellas, y... desperté.

   Abrí los ojos, y ví como una mosca molesta volaba desde la punta de mi nariz.

jueves, 29 de marzo de 2012

Festín de venganza

   Que mas da… lo confieso, si, fui yo. Fui yo el que apretó los dientes contra su mejilla, atravesando su carne y dejándolo desangrar borracho en la alfombra de la sala.
   No me arrepiento en lo absoluto, pues además debo confesar que el sabor de su carne y el dulzor de su sangre saciaron mi sed y hambre al punto de querer masticar hasta lo más insólito de su cuerpo.
   ¿Cambiaba en algo uno, dos o tres mordiscos? Era obvio que ya muerto, no había razón alguna para dejar su cadáver estéticamente lindo… después de todo sería alimento de gusanos que al fin y al cabo también se lo comerían.
   Sin pensarlo más mordí en tres bocados su oreja, cubierta de cartílago que no me agrado demasiado, más tenía muchas ganas de comerlo y seguí luego por el mentón intentando que mis dientes arrancarán toda la carne del hueso mientras mi lengua y mis labios absorbían la sangre casi como la salsa en que se embebía tan jugoso manjar de carne.

   Sé que te asquea mi relato, mas debo decirte que mi estomago no se detuvo en ningún momento recibiendo gloriosa la carne fresca de mi mejor amigo.
   A pues si, no les he contado. Seguramente se preguntarán mis razones para mis actos.
   Pues bien, odiaba que Raúl se comiera mis presas preferidas del asado del domingo, el muy idiota me dejaba sobras y por mucho que comiera no engordaba ni un kilo el muy infeliz.  Mi plan perfecto, emborracharlo con vino y pastillas de dormir mientras degustábamos la carne asada recién preparada y luego matarlo a puñaladas con el cuchillo de asador que tanto le gustaba.

   Y así, hice parte del plan, lo emborraché. No demoró mucho en caer inconsciente sobre el plato sobre el que comía. Lo tomé del pelo y con furia lo aventé sobre el piso del comedor, y ya desde allí se veía muy apetitoso. Cubierto del vino tinto que se había derramado sobre su nuca y mejillas, y arrastrándolo hacia la sala decidí acabar con su vida. Lo apuñalé un par de veces y… no se espanten! Es que lamí el cuchillo ensangrentado, y sabía rico y me agradaba. Y así, quise darle una probadita a su vistosa carne que se me antojaba.
   Que mejor muerte para un comilón, que devorárselo a él mismo por haber pecado de gula toda su vida. Y bueno, ya saben esa parte del relato… lo mordí y lo mordí sin cesar.
   —Ay Raúl, ay Raúl —dije mientras lamía cuidadosamente su cuerpo que se desangraba por doquier— después de todo sí que sirvió para algo haberte comido todos mis platos preferidos, te ha dado un toque exquisito…

   Vi sus ojos, verdes opacos, traslúcidos, llenos de miedo, de nostalgia y apatía… Me acerqué, y con ayuda de mis uñas y dedos pude levemente retirar el ojo, y lo tiré para que saliera de su escondite y… luego de intentos desenfrenados lo tuve en mis manos, gelatinoso, blandito al tacto. Me lo metí sin dudar a la boca, lo saboreé, le di un par de mascadas, y… no era lo que pensaba, que horroroso sabor. Lo escupí con desagrado sobre el suelo, y limpié las sobras de mi lengua con la camisa blanca del pobre Raúl.

   Pues así, mordí, mastiqué y comí cada pedazo de su cuerpo que consideraba apetitoso, habían zonas desagradables y otras que me las hubiese repetido si no fuera por que solo había una porción de aquello.

   Y bien, me detuve a meditar lo que estaba haciendo, mejor dicho... a reposar y dejar a mi estomago digerir todo lo que había ingerido.

   Sonó el timbre al rato, no supe que hacer, me limpié la boca desesperadamente con la camisa blanca del difunto… limpié mis manos, mi cuello, mis rostro entero, todo estaba bañado en sangre espesa y rojiza.

   Me dirigí a la puerta... la abrí.
   —Hola —dije tembloroso— ¿Qué necesitas?
   —Vengo por Raúl —explicó ella; una joven delgada de cabello castaño— iremos al cine a ver una película maravillosa.
   —Pues… —dije nervioso— él se ha marchado a… no sé dónde.
   —¿Cómo que se marchó? —dijo ella estupefacta— yo soy su novia, y me lo hubiera dicho.

   Mientras ella me miraba desenfocada, yo nervioso y sudoroso razonaba como podría confesarle la verdad, que le diría, que inventaría, y…
   —Lamento darte esta noticia —dije sobreactuando una expresión de tristeza— pero acabo de llegar y a Raúl lo acaban de mutilar unos roedores de esos que son muy feroces.
   Supe enseguida que mi relato no la convencería.
   —¿Qué? —dijo ella espantada— y corrió hacia la sala para ver que ocurría.

   Llegué tras ella... corriendo hacia la sala.
   —No debes ver esto —le dije fingiendo compasión.
   La vi parada sobre el cadáver por unos segundos, y luego desvanecerse desmayada sobre la sala ensangrentada. Se veía muy bella, ahí, junto a su amado…
   Me agache, lamí del suelo esa sangre que poco a poco coagulaba, y la pasé por el cuerpo de la chica, pálida, esbelta, la sangre de Raúl era una perfecta salsa para darle una probadita a ella.
   Mi estomago chillaba al ver esa escena, me incitaba a que le siguiera dando de comer a mi cuerpo.
   La desvestí rasgando su ropa, y la hice rodar sobre la laguna de sangre, la embebí en esa salsa, y comencé nuevamente a rebanar con mis dientes cada porción de carne de su cuerpo…

sábado, 17 de marzo de 2012

Escenas de desamor

Dos de esos que deberían estar juntos, se encuentran en un café...

—¿Me amas Jake? —pregunta ella alterada— Dime que me amas maldito...
—No Mary —contesta él desconcertado— no sé si en realidad te amo.
Ella corre desconsolada moviendo su cabello y derramando lluvia de lágrimas.
Él va tras ella arrepentido suplicando perdón, ya que en realidad si era amor lo que sentía.
Ella se detiene sobre un árbol.
Él la toma de los hombros.
Ella gira la cabeza, le mira sus ojos.
Él le sonríe y le seca sus lágrimas.
Ella baja su cabeza sintiéndose apenada.
Él le levanta el mentón con sus dedos.
Ella lo mira.
Él la mira.
Él le dice: —Te amo.
Ella dice: —Yo ya no. Y se va caminando por la avenida rumbo a no sé donde...
Él regresa al café, disuelve sobre su bebida un gran puñado de diversas píldoras y mientras lo bebe angustiado, culpa al destino por haber planificado mal las cosas...
Ella llega a su casa, duerme relajada y despierta al día siguiente.
Él regresa a la suya, cae sobre la alfombra del comedor y jamás despierta.

Se oscurece la pantalla, se encienden las luces, la gente murmura decepcionada y ¡zas!... fin de la película.

sábado, 10 de marzo de 2012

El amor aveces asfixia

   Tan lindo él, el héroe de mi película favorita. El que besa con tanta pasión, que me hace babear de exitación y deseo.
  Y quise probarle, dándole un par de lamidas a la pantalla de la Tv, recibiendo cierta estática de su pasión masculina tal vez, que se transportaba por mi cuerpo.
   No quise dejar de verlo, de escuchar su sensual voz. Y decidí dormir, para soñar con él, con que me besaba, y que rodaba sus dulces dedos sobre mi piel.
   Y si, el sueño me venció al rato, y ya lo veía robusto a lo lejos, de barba sutil, y con su hermosa cabellera parda. Y corrí entre sueños, para encontrarlo y tocarlo, para sentir que se siente sentirlo.

   Corrí incansablemente, llena de deseo.... y todo se empezó a nublar....

   Me desperté, ahogada, atorada de mi propia saliva. Había derramado demasiada baba. No me había podido besar. Maldito fluido que no me dejó continuar mi fantasía!
   Furiosa decidí volver a dormir, pero era demasiada la amargura, y la inevitable idea de haberme perdido ese momento no me dejaba siquiera cerrar los ojos.
   No podía quedarme así, la idea del sueño se disiparía, y quería besarlo, oh por dios siiii!, quería besarlo. Me levanté, acelerada, buscando sobre mi mesita de luz mis pastillas para dormir.
   No me despertaría nada esta vez! Tomé la caja que contenía unas seis pastillas y las ingerí apresuradamente. Ahora si, podría dormir tranquila y soñar con él toda la noche.

   Caí dormida sin esfuerzo. Y ahí estaba, sentado sobre una banca en una plaza de verdes arboles.
   Lucía un atuendo deportivo, una playera color turquesa levemente sudada, que combinaba notoriamente con el celeste claro de mi camisón de dormir.
   Me sentí una princesa en busca de su caballero, que deportivamente reposaba sin aliento sobre la banca del parque donde estabamos destinados a encontrarnos.
   No dudé, me acerqué tratando de seducirlo con mi caminar y mi cabellera enrulada que se movía con el viento.
   Me miró, y oh dios, me derretí con su mirada sensual; me invitaba, me pedía a gritos que fuera suya.
   Me senté a su lado, ya casi sonrojada. Me tomó de la mejilla y me observó varios segundos a los ojos. Era él, cada detalle estaba ahí, su lunar pequeño junto a su boca y sus rudas cicatrices en la mejilla.
   No pude resistir la tentación, y deslicé mi mano sobre él, toqué su suave bigote y sus delicados labios rojizos.
   Con delicadeza, sacó mi mano de sus labios y en total silencio los acercó lentamente a los mios. La adrenalina era increíble, su perfume me hipnotizaba. Se detuvo a dos centímetros, y pasó su lengua por mis labios.
   Que seductor era! De manera precipitada juntó sus labios con los mios. Vi como cerraba los ojos, y cerré también los mios. Mi lengua se entrelazó con la suya, y pude sentir el sabor a menta que provenía de su boca.
   Era increíble el placer, realmente besaba muy bien.
   Viajé por un segundo a algún planeta lejano junto a él, me sentía flotando en el universo. Ya casi eramos uno, mi boca no se separaba ni un instante de la suya.
   Comencé a oír levemente notas musicales, de esas que cantan en los cuentos de hadas, y que te hacen erizar la piel.
   Era mágico. Y era tan real para ser un sueño, era tan real sentir su boca y como su lengua y su saliva daban vueltas entre su boca y la mía.
   Dios! Creo que me sentía muy emocionada, mi cuerpo empezaba a calentarse bruscamente, mi corazón se sentía como un tambor enloquecido queriendo explotar.
   Y luego de la seducción todo se volvió gris por un momento.
   Abrí los ojos algo angustiada, algo malo estaba ocurriendo, intenté separarme de sus labios y me era imposible lograrlo.
   Usé mis brazos, para tratar de empujarlo, mi cuerpo sudaba, ya no de exitación sino de miedo. No había caso, él pasional y decidido estaba inmóvil como piedra pegado a mis labios moviéndolos de lado a lado.
   Que horrenda sensación! Empecé a sentir como su saliva se deslizaba sobre mi boca y caía impetuosamente sobre mi garganta. Quería toser, separarme, pero no, el pegamento del deseo me unía poderosamente a mi amor de la ficción.
   Ya no podía hacer nada, era demasiada la saliva que secretábamos. Desee despertar enormemente, pues así era en los sueños, cuando algo malo ocurría solo era cuestión de despertar y reírse y volver a dormir.
   Mas no, esta ocasión no fue así. Lo vi a él nublado, desenfocado y sentí como poco a poco mi cuerpo se paralizaba y mi corazón que palpitaba por su amor, ahora cesaba a cada segundo. Y fue mi último beso.

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    —¿Qué sucedió doctor? —preguntó el detective Fulanito, mientras observaba el cadaver de la mujer— ¿Fue robo?, ¿encontraron pistas de violación?.
    —Nada de eso —dijo el Dr. No se cuanto—  la chica ingirió pastillas para dormir y la autopsia muestra que murió asfixiada por exceso de saliva que fue secretada mientras dormía.
    —Debió haber tenido un sueño muy sabroso, Jajajajaja —dijo Fulanito riendo a carcajadas.
    —Fue una muerte horrenda y muy tonta —concluyó el doctor— de eso no hay duda.

martes, 21 de febrero de 2012

El gato enamorado

    Clarisa terminaba de redactar su artículo para la facultad, y para pasar el aburrimiento, sacó lo necesario y prendió un cigarrillo mientras se asomaba a la ventana. Y vio al gato negro, que rompía la basura que acababa de sacar, y que tormentosamente lo hacía de manera rutinaria. Ya lo había encontrado en dos ocasiones husmeando en su cuarto, y era tanta la repulsión hacia él, que lo ahuyentaba con gritos de espanto y odio. No dudó ni un segundo y agarró la escoba para perseguirlo y hacerlo trizas, literalmente.
    Abrió la puerta que daba hacia la calle, y con escoba en mano, se acercó de forma brutal al felino, que se alimentaba gozosamente de las sobras que la bolsa negra contenía en su interior. Pero, seguramente a base de sentidos totalmente agudizados, el animal negro salió corriendo al ver a la mujer rubia de rulos furiosos que se acercaba con prisa. Clarisa no pudo siquiera tocarle un pelo, fue fugaz el escape del felino, y recorrió casas y saltó paredes para refugiarse de la intrépida mujer que le prohibía alimentarse.
    Ya estaba cansada del infeliz gato, que parecía que le encantaba provocar y jugar a las escondidas. Se metió a su hogar, y se olvidó del asunto tomándose una siesta.

    Horas después despertó... ya se hacía tarde, en tres horas tendría una cita con Federico, el galán del pueblo de ojos extremadamente cautivadores, al que solo conocía hace unas semanas y estaba perdidamente enamorada. Decidió seleccionar el mejor conjunto para conquistar a su amor; dejó planchado un hermoso vestido rojo pasión con escote amplio y seductor, unas sandalias blancas con rosas rojas de decoración y una hermosa blusa rosa pálido. Y fue a bañarse y a tratar su hermoso cabello que necesitaba unos toques de tintura.
   Regresó mas tarde, luego de su baño, secando su cabello, intrépida, desnuda, mirando ansioso su vestido que luciría para su gran amor. Y fue hacia la mesada junto a un gigante espejo, y miro sonriente el colgante que su amor le había regalado, brillaba el oro que lo cubría, y el precioso corazón floreado que contenía de adorno. Se dirigió emocionada a la cama y se colocó el vestido esbelto, ceñido, a su medida y calzó las hermosas sandalias en sus pálidos y delicados pies.

   Solo faltaba una hora, y debía estar perfecta, pensaba mientras sacaba diversos maquillajes que aplicó sobre su boca, ojos y mejilla. Y se sentía una diosa, la más bella y afortunada mujer de todo el pueblo.
Sonriente fue a mirarse al gran espejo, y dios...... que espanto. Junto al espejo, sobre la mesada de joyas estaba el intrépido gato, desafiante,  mirándola con envidia. Clarisa lo miró con furia y casi como un reflejo, lo espantó con gritos amenazadores. El gato, tomó con su mandíbula el colgante de la mujer y salió escapando por la ventana de la cocina.
   Clarisa estaba espantada, y casi shockeada intentando mantener la calma, tomó las llaves, miró el reloj y furiosa se marchó por la puerta en búsqueda del maldito gato que la desafiaba y obviamente en búsqueda del colgante, que sin lugar a dudas, debía recuperar con urgencia.
    Lo vislumbró al finalizar la cuadra, estaba sentado mirándola desde allí, deseoso de ser perseguido.
    Y no dudó, fue automático, comenzó a correr al animal que como una pluma saltaba y se deslizaba juguetón sobre la vereda de la cuadra. Que angustia la invadió en ese momento, ese gato maldito la haría llegar tarde a su privilegiada cita, y estaba demasiado enfadada. Y seguía corriendo, y corriendo... y corriendo.

    Después de varias cuadras, el gato se desvió a un estrecho callejón. Clarisa se detuvo y miró temerosa, pero no dudó, quería recuperar su joya y masacrar al maldito gato, y caminó por el angosto callejón esquivando las telarañas y muchas palomas muertas.
    El audaz gato la miraba parado sobre un tronco, invitándola a capturarlo, emitió un maullido y se deslizó hacia un baúl que se encontraba en el piso y soltó de sus mandíbulas el colgante, dejándolo caer dentro de él. Clarisa furiosamente corrió hacia el encuentro del gato... a pocos metros, este saltó a una columna de hierro antes de que esta pudiera alcanzarlo... y no le importaba, ya tendría oportunidad de mutilar al horrible gato negro.
    Se arrodilló en busca de su tesoro, y asomó la vista sobre el baúl lleno de liquido rojizo pálido, y vislumbró a su preciado colgante al fondo, y casi con asco sumergió su brazo completamente en el baúl.
    Su brazo se paralizó por un segundo, y sintió al gato negro que caía sobre su espalda y le arañaba la nuca, y gritaba, gritaba, temblaba de miedo, mientras pequeñas gotas de su sangre caían al baúl.... y luego silencio y todo se tornó gris y ya no veía colores, y vio su cuerpo bajo las pezuñas del gato que ahora eran suyas y corrió asustada casi con un instinto animal a la columna de hierro a lo alto. Y vio en tonos grises como su cuerpo se levantaba shockeado, balanceando sus risos rubios y sacaba el colgante del baúl y se lo colocaba sobre su cuello mientras caminaba por el callejón hacia la calle.

    El hechizo había resultado, al menos hasta media noche. Ahora el gato negro, se dirigía con caminata torpe a su cita tan deseada por años, a su anhelo, a su obsesión, con su precioso vestido rojo para incendiar de pasión a su amado y el colgante de oro que descansaba sobre su pecho. Y clarisa lo miraba desde lo alto, con su pelaje negro, sus ojos turbios y su elegante bigote... y no comprendía nada de lo que sucedía.

Los gatos también se enamoran, y sueñan con ser humanos, y ser deseados por todo hombre.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Corazón de hielo

   Eran dos hermosos meses de verse todos los días y tirarse besos a través de la pantalla de sus computadores, teniendo una relación de amor demasiado linda y perfecta. Y compartían el mismo continente, pero era muy lejana la distancia.
   Y él, en un extremo del mundo, un ser oscuro, que ama de a ratos y por otros se aburre, ser que ama aveces a mas de una persona, ser que se enamora de personajes ficticios de las películas, ser que casi no siente y que daña sin compasión... si, un ser de la tragedia, casi sádica su personalidad. Pero pues, no podía evitarlo... así era su vida: un electrocardiograma anímico... ¿bipolar? puf, esa etiqueta le quedaba corta.
   Luego de tener muchas charlas cursis y melosas con su amado que era pura bondad y cariño, un día de esos tomó una daga y no tuvo ningún temor al decir las palabras... "ya no te amo mas".
   Y aunque para él fue muy fácil... su amor bondadoso se retorcía como un gusano al otro lado del mundo, su corazón se volvió una lluvia de cristales rotos esparcidos en el suelo, lagrimas que eran casi lluvia caían sobre el rostro de su amado sin parar. Vagamente él se despedía sin culpa, mas su amado lo hacía agitado de la angustia casi no queriéndolo hacer, con una mano en su pecho intentando detener la hemorragia que no paraba de fluir.
   ¿Que hacía esa alma negra?, ¿no vio acaso que su amor se moría al otro lado?, ¿tan ciego y egoísta era?, ¿tan vacío era su corazón?, ¿tan fría y oscura era su alma?. Y pues parece que lo era... es aún hoy, un hielo rígido y helado.
   Ni siquiera imaginó la tormenta que sufría su amado, como se consumía al ser devastado por aquél que no tiene sentimiento alguno y sin previo aviso aventó un cuchillo sobre su pecho.

   Él, el egoísta frío y oscuro, luego de terminar el acto horroroso sobre su amado, se recostó sobre su cama con total tranquilidad para dormir y soñó con él, con su victima... allí podía verlo, herido, atormentado, con un rostro opaco y pálido casi al punto del suicidio... debo decir que su sueño era casi un espejo de la realidad. 

   Si, hielo era el pobrecito... pero pasaban los días y el corazón reclamaba lo que su mente perversa había hecho... era un mar de contradicciones su cabeza. Y pues sí, lo extrañaba demasiado y le era inevitable mirar sus fotos y recordarlo tan tierno como era.... y pensaba en como hizo lo que hizo, no podía creer su punto de crueldad, tal vez -pensaba- era una especie de reencarnación del demonio. Que espantoso error había cometido, y ya no tenía vuelta atrás.
   Era extraño, ya que como hielo lo apuñaló y ahora se volvía agua en su ausencia... y sus días eran solo llantos y lamentos, nada podía quitar su amargura. Ni siquiera tenía valor para terminar con su vida, era así de oscuro para pensarlo y cobarde para hacerlo.
   Su vida no tenía sentido, no volvería a amar jamás... pues como ángel de la tragedia solo servía para conquistar y luego matar. Ya debía terminar con eso... y solo acabaría dejando de amar.

   Pasaron los días... cada uno mas amargo que el anterior... y pasaron.... y pasaron...

   Ya pues, su amor vuelve mucho tiempo después, como enamorado y tierno que es... queriendo saber de él, de su vida, sintiendo curiosidad de que tan feliz se encuentra, extrañándolo vuelve moribundo a entablar cariñoso diálogo con el asesino de su corazón. Y aclara ya no querer amarlo, ya no más.. ya no quiere ser lastimado por el ángel maligno que trató de matarlo una vez. Pero afirma, que aunque teme su amor, lo quiere mucho a él... y no quiere perderlo, y ahora planifica una amistad, con ese ser horrendo y sin alma que solo pidió disculpas y ahora dice amarlo eternamente... casi como jugando, pero dice ahora ser verdad.

   Ese ser oscuro sembró la maldad, y ahora su amado teme volver a enamorarse. Y pues, aunque sea mucho el arrepentimiento, ya está hecho y el miedo será muy difícil de sanar.

   Es pues un cuento de bondad y tragedia... y aunque eran personas distintas, con tal antagonismo, ambas se pudieron enamorar.

Nada más puro, que un ser que quiere... aún al que le hace daño. 
Y pues, así es el amor, tan puro, que te hace amar hasta a la más horrenda persona al otro lado del mundo.

domingo, 4 de diciembre de 2011

La sortija de origami

   Él, radiante sentado en su sillón tapizado de cuero, con su sortija de origami recién armada. Era perfecta para el diámetro de su dedo, con un aro grisáceo y una perla simulada color rojo, que le gustaba pensar que era un rubí. Y esperaba ansioso que su amor le propusiera matrimonio o... alguna de esas cosas muy cursis, para entregarle una copia idéntica que tenía reservada.
   Había un detalle... no podía mencionar el nombre de su objeto de amor, o sería lapidado o hasta quemado en la hoguera.  Debía guardarse todo su anhelo y enamoramiento en su propio silencio y tal vez... solo mencionárselo a las flores que considere más discretas. Ni siquiera podría decir de que especie era, no era conveniente ni siquiera afirmar que era humano.
   Todo el mundo lo observaba, cuando locamente, lo veían pasearse con su sortija de papel en el dedo por todos lados, y lo llamaban el loco del origami, ya que, ciertamente, sabía hacer varios diseños con el arte del plegado de papel. Pero no le importaba, y escuchaba, según él, como los pájaros alentaban su búsqueda y espera a que su gran amor llegara... y así hacer entrega de su sortija del amor y cumplir todos sus añorados sueños.

   Cuando caminaba por la ciudad, podía ver a su objeto de amor reposado sobre el mismo árbol de verde follaje, y podía sentir ya como lo hipnotizaba su sonrisa, su mirada, hasta la forma de mover su mano para rascarse la nariz. Deseoso al observarlo, anhelaba que esa persona fuese el vehículo de su amor. Era perfecto para ser el refugio de su alma incendiada, que ya no podía estar solo en su cuerpo... ardía demasiado.
   Era torpe en sus movimientos, y tropezaba como un bruto, por el simple hecho de no poder quitarle la mirada de encima.
   Daba vueltas por el mismo lugar como diez veces, casi como un psicópata o como un astuto ladrón queriendo encontrar la ocasión exacta para atacar a alguna joven indefensa... pero no, era solo el amor que le hacía cometer esas locuras.
   Mientras se alejó un par de cuadras para evitar sospechas, y luego volver al sitio a mirarlo, se puso oscuro, las nubes opacaron el cielo y él, muy desabrigado, no tuvo más remedio que apresurar el paso para irse a casa y en el camino volver a enloquecerse con la figura de su amor.
   Llegó allí, y tapando su cabeza con su mochila, miraba como seguía ahí contemplativo bajo el refugio del árbol... y llovía tormentosamente, y luego ráfagas enormes no lo dejaban ver y la lluvia pegaba con furia.
   Bajó su brazo para mirar la hora, y vio agonizante, su querida sortija, empapada de agua, desarmándose entre sus dedos. Y no distinguía por unos segundos si era lluvia o tibias lágrimas las que rodaban por su mejilla. Miró hacia el árbol, y ya no estaba... seguramente era un amor hecho de papel y también lo deshizo la lluvia.
   Y caminó hacia su casa, triste, mezclándose con la lluvia que lloraba junto a él.

   Y mientras caminaba pensaba.... tal vez era así, todo en su vida era hecho de papel y todo estaba destinado a desvanecerse con el agua o el fuego.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Ángeles de la tragedia

   Era tan tierna verla ahí recostada sobre la cama, desnuda ante sus ojos, con sus pechos firmes y su delicada piel pálida que no tenía imperfecciones en todo su recorrido. Y ya no quería... era absurdo cumplir la tarea, después de esa noche, después de creer que estaba enamorado, y que le enloquecía su cuerpo, y que quería poseerla a cada segundo. Pero se lo merecía. Era una condenada ramera que se pasaba de casa en casa rompiendo corazones y encendiendo el fuego de la pasión en hombres solitarios cuya depresión era su única acompañante, y que luego no soportando su soledad se tiraban al vacío para ahogar sus penas.
   No creía lo que tenía que hacer, se sentía al borde del abismo, su corazón sufría taquicardia. Pero todo había sido planeado, y esa misma noche tendría que acabar con ella, en memoria de todas aquellas personas que sufrieron por su causa.
   Y pasaron segundos. Tomó el cuchillo que había dejado debajo de la cama, desnudó el pecho de la mujer y marcó imaginariamente el sitio donde debía envestir tantas veces como fuera necesario, y debía cerrar los ojos y no abrirlos por nada del mundo, aunque los gritos se lo rogaran.
   Probó el filo del cuchillo sobre uno de sus dedos y brotó sangre roja, espesa y brillante... no le había dolido tanto. Entonces pensó. Tomó coraje y la miró una vez más... la amaba, lo enamoraba su perfume, lo enamoraba sus ojos, su boca, su pelo, y estaba encantado por su belleza, era angelical ahí dormida junto a él y no quería desterrarla, no veía una vida sin ella. No podría ser capaz de hacerlo, debía cambiar los planes.
   Sin pensarlo mucho, besó su rostro, con la esperanza de que cuando despertase viera a su Romeo muerto, y angustiosa, tomara la daga que acabó con su vida y lo siguiera, acabando con la suya, para así volver a reencontrarse con su amado. Y tomó el cuchillo, con decisión, lo enterró velozmente sobre su propio pecho y sintió la amargura de la muerte y... la nada misma. Su rostro cayó encima del pecho de la mujer, pálido, con sus ojos negros y llorosos, y la sangre que fluía y fluía sin parar desde su pecho dañado por la daga del amor.

   La mujer desnuda abrió los ojos y con una mueca de alegría escupió sobre el difunto, alejó su cabeza con repulsión cubriéndolo con la sabana para no verlo. Se levantó, su piel se tornó negra y opaca, se acercó hacia la ventana, la abrió, y desplegó unas alas grises gigantescas, que agitó de arriba a abajo mientras se alejaba bajo el brillo de la luna llena, que había sido testigo de tan espantosa tragedia.
   Tal vez iría a disfrazarse, para buscar otra víctima al día siguiente.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Parálisis del sueño

   Cada noche la misma historia. Todo oscuro y yo ahí, postrado sobre la cama, esperando que todos mis músculos empiecen a temblar descontroladamente y sin razón alguna, que pasaba frecuentemente a la misma hora. Ya le había perdido el miedo, y ahora lo esperaba con desprecio y total falta de atención, evitando pensar que era parte de mi vida.
   Mi madre entró por la opaca puerta apenas visible, y con paso sigiloso, dejó un vaso de chocolatada en el velador, a la izquierda de mi cama. Estaba malhumorado, así que decidí cerrar los ojos y fingir que estaba dormido. Dejé caer unas lágrimas, no quería dormir temprano, pero debería hacerlo para evitar la serie de episodios que vivo regularmente. No era precisamente bronca lo que tenía, mmmm... si en realidad eso era.
   Con furia y totalmente descontrolado, aventé con mi brazo el vaso de chocolatada que había traído mi madre, que se hizo trizas sobre el piso de madera que cubría mi habitación.

   Pensaba en mi rutina de mañana.... bañarme, desayunar, luego ir a la consulta con el Dr. Stevez que no era más que discursos repetitivos sobre lo que me pasaba y de posibles soluciones tontas, lo consideraba totalmente innecesario. Hacia la tarde, consulta con mi terapeuta, que no hacía más que evidenciar lo absurdo de mi vida y taladrar mi cabeza con conceptos necios de autoestima. Suelo reírme mucho al recordarme, respondiendo sus preguntas turbias y fingiendo asentir sus consejos con aprobación.
   Recuerdo vagamente, que en una ocasión, mi terapeuta, sádicamente, refirió a mi idea de suicidio con una expresión soberbia y burlona diciendo: —Aunque intentes alguna vez cometer suicidio, será imposible que logres tu meta.
   Es que ante una situación tan estresante y desafiante, mi cerebro empezaría a generar alertas y mi epilepsia comenzaría en el momento exacto del episodio, haciendo imposible la culminación del acto heroico. De hecho, así resultó ser, cuando intenté digerir un gran puñado de pastillas, cuando intenté rebanar la vena de mi muñeca con mi navaja, y en el momento exacto en que quise, de alguna manera, meter los dedos en el enchufe... ninguna de ellas funcionó. Lo sé, soy poco original y no se me ocurrieron otras formas. Pero me cansé de intentar y de que no resulte.

   Si, así como lo piensas, mi vida es absurda, tristísima y vacía.
   Y entonces me resigné, a pasar otra noche solo, y cerré los ojos, e imaginé lo distinto que sería mi vida sin esta maldita enfermedad que me apresaba, que me impedía ser un ser social pleno, que me impedía sentir el enamoramiento, y que cada día crecía en magnitud y tapaba cada vez mas mi existencia por completo. Era un infierno, vivir bajo la agonía de un calor sofocante, que no lo provocaba el sol precisamente.
   Y mis ojos se cerraron por la angustia, y ojala no despertase, y ojala que muriera intoxicado por una nube radiactiva que entre por mi ventana, y ojala sea mutilado por algún ladrón que se intente llevar mi computador, y ojala que perros salvajes me devoren y se hagan un festín conmigo.
   Solo era cuestión de esperar, y que amanezca otro infernoso día. Y dormía, plácidamente a la espera del nunca jamás, del ya no ser.

   De pronto, despierto, desquiciado por la tragedia que me esperaba, si, mis días eran precisamente eso. Y era absurdo, pero no pude mover los brazos, ni mi cabeza, ni mis piernas, ni nada que fuera parte de mí. Pero aquí estaba, despierto, y escuchaba el cantar de los pájaros, y el martillar de los obreros junto a mi casa... pero no, ni mis ojos se abrían, ni mi boca, intente levantarme y nada. Veía la agitación dentro de mí, el palpitar veloz de mi corazón, pero no podía moverme, y escuchaba todo, y entendía todo... y otra vez dormí, agotado, de forma automática.
   Y desperté, nuevamente, aturdido por mis sueños, y si, otra vez se repetía.... era inmóvil. Ya no era gracioso, ya me espantaba la situación, y quise gritar, y pedí ayuda desde mi mente, más era todo silencio, e intentaba tumbarme, hacer algo de ruido... mas todo era en vano.
   Abrí mis ojos, al menos eso creí sentir. Vi a mi madre, entrando por la puerta, para despertarme como es costumbre. Todo estaba claro, veía los rayos brillantes del sol entrando por la ventana de cortinas blancas.
   Me miró con ternura, intenté decirle que estaba despierto, que me ayudase... mas no me escuchó, mi boca no emitía sonido alguno. Y cerró las cortinas de la ventana, seguramente para que ningún rayo de luz me evite dormir, y se retiró cerrando la puerta con cautela.
   —Mamaaaaaa! —grité, con todas mis fuerzas, casi hasta quedarme sin respiración.
   Estaba cansado y volví a dormir.... y desperté luego, y me aterré. Lloraba por dentro, si, se que lloraba, sentía esa angustia que sentía en cada intento de suicidio.
De pronto sentí a mi cuerpo moverse descontroladamente y lo vi, agitándose como olas enfurecidas. Otro de mis episodios estaba ocurriendo. Y en un estruendo que pude escuchar claramente y pude sentir de manera violenta, me vi boca abajo, tirado en el suelo. Vi los cristales rotos, del vaso que había roto por la noche, me sentí mareado. Y sentí los gruesos y grandes trozos de vidrio sobre mi abdomen, e intenté levantarme, pero no pude.
   Pasaron eternos minutos intentando resistirme al estar atrapado y dormido, debilitado, sin fuerzas, ni siquiera para intentar lo imposible. Y miré hacia el piso, estaba cubierto de rojo... si, era sangre, y parecía ser que salía del molestoso ardor en mi abdomen.
   Y escuchaba el tic-tac del reloj, y quería temblar de miedo, pero tampoco podía, y me convencía de que era un sueño... pero era demasiado real y tenebroso. Y dios.... la sangre aumentaba, casi era un rio de agua colorada que cubría mi habitación, y me sentí mareado, casi shockeado. Y no podía hacer nada.
   No pude evitar pensar que esta era la salida que necesitaba, que aunque era terriblemente temeroso, fue lo que siempre desee.
   Escuchando a los pájaros, y la música rockera de mi hermano a lo lejos, sentí como el corazón paraba de latir.
   Y dormí otra vez, y jamás desperté.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Confesión de un alma oscura

   —Mi mundo se detuvo cuando sentí tu refrescante olor a fresas.
   No pude creer que siguieras vivo, después de las ciento cuarenta y dos puñaladas que aventé sobre tu hermoso corazón.
   No me lo creerás... pero no quise hacerlo. Y ahora te tengo aquí, atormentando mis noches, mis días, mi pensar cotidiano.
   ¿Será que renaciste para vengarte de mí y partir también mi corazón?
   ¿Será que volviste para mostrarme mi crueldad y que sufra por tu causa?
   ¿Y esperas que te pida perdón?, siendo que mi acto no tiene retroceso ni salida.
   Que aunque mi amor siga.... ya te fuiste. Y regresas vestido de blanco, y te desconozco, y te temo y te compadezco.
   No eres tú ese ser, que me persigue sin parar en contra de mi voluntad, y pretende que lo siga para saciar su anhelo de amor y locura.
   Sabes que no puedo hacer lo que me pides, que trasciende mi voluntad tu petición, que aunque quisiera, mi conciencia me lo prohíbe.
   Después de todo, por algo te apuñalé... para que no siguieras insistiendo en nuestro amor platónico que no existirá.
   Suelta mi mano!, no me invites a tu mundo, que no quiero, que no puedo... que aunque insistas, se me es imposible gratificarte.
   No lo lamentes, yo soy el cruel que no supe ver tu bondad. Basta de disculpas y perdones, deja de ser dulce y de lacerarme con tu compasión y cariño.
   Deja de conquistarme, que me lastima verte sonreír y fingir que todo está bien... deja de decirme que me amas, deja de herirme con tus palabras bellas.
   No suspires, que me duele el corazón verte mojar esos hermosos ojos café.
   ¿No ves que no puedo dejar de pensarte?, ¿no ves que eres el protagonista de mis sueños lúcidos y astrales, que eres el primer y último recuerdo de cada día?
   Deja de forzarme, para convertir en realidad y pesadilla mi sueño soñado.
   Y no lo lamentes, que mi alma negra se pudrirá sin amor, y la tuya brillará por siempre y estará visible, hermosa, parpadeante a mi vista.
   Y aunque te ame, ya sabes que no puede ser, ya sabes que no y mil veces no.
   Vuelve a tu refugio de ángeles y sé feliz con uno de ellos.
   Ya vete, y deja de alumbrar mi cuarto oscuro, que me encandilas.

sábado, 13 de agosto de 2011

Brisa jadeante.

   Brisa, que te dibujas como un caballo galopante, que se asoma a lo lejos del horizonte acuático.
   Suave te mueves, sin prisa te deslizas sobre el calmar de esas aguas.
   Cada gota del mar se percata de tu presencia, pero no lo advierte, tu calma lo serena.
   De pronto, sucumbes sobre la superficie, chapoteando y generando el caos en la pasada calma marina.
   Intentas apaciguarlo, pero, lejos de su gran humildad , cada gota tiembla de miedo y vibra la manera de escapar de tan extraño conocer.
   Te mueves, sigilosamente, creyendo engañarlas... mas ya es tarde.
   Cada suspiro tuyo aumenta en altura, el estupor de esas olas que crecen a la distancia.
                                             
  Oh terrible realidad que me aquieta, me ciega y me confunde... No es  lo que ven mis ojos lo que en realidad sucede.
   No temas jadeante brisa que te asomas en la espesura. No es temerosa la actitud de tu hermana agua.
   Solo quieren elevar tu hermosura y guiarte hacia el refugio que tanto anhelas encontrar, o tal vez conducirte a la coordenada exacta de mi corazón sin alma.