sábado, 3 de diciembre de 2011

Ángeles de la tragedia

   Era tan tierna verla ahí recostada sobre la cama, desnuda ante sus ojos, con sus pechos firmes y su delicada piel pálida que no tenía imperfecciones en todo su recorrido. Y ya no quería... era absurdo cumplir la tarea, después de esa noche, después de creer que estaba enamorado, y que le enloquecía su cuerpo, y que quería poseerla a cada segundo. Pero se lo merecía. Era una condenada ramera que se pasaba de casa en casa rompiendo corazones y encendiendo el fuego de la pasión en hombres solitarios cuya depresión era su única acompañante, y que luego no soportando su soledad se tiraban al vacío para ahogar sus penas.
   No creía lo que tenía que hacer, se sentía al borde del abismo, su corazón sufría taquicardia. Pero todo había sido planeado, y esa misma noche tendría que acabar con ella, en memoria de todas aquellas personas que sufrieron por su causa.
   Y pasaron segundos. Tomó el cuchillo que había dejado debajo de la cama, desnudó el pecho de la mujer y marcó imaginariamente el sitio donde debía envestir tantas veces como fuera necesario, y debía cerrar los ojos y no abrirlos por nada del mundo, aunque los gritos se lo rogaran.
   Probó el filo del cuchillo sobre uno de sus dedos y brotó sangre roja, espesa y brillante... no le había dolido tanto. Entonces pensó. Tomó coraje y la miró una vez más... la amaba, lo enamoraba su perfume, lo enamoraba sus ojos, su boca, su pelo, y estaba encantado por su belleza, era angelical ahí dormida junto a él y no quería desterrarla, no veía una vida sin ella. No podría ser capaz de hacerlo, debía cambiar los planes.
   Sin pensarlo mucho, besó su rostro, con la esperanza de que cuando despertase viera a su Romeo muerto, y angustiosa, tomara la daga que acabó con su vida y lo siguiera, acabando con la suya, para así volver a reencontrarse con su amado. Y tomó el cuchillo, con decisión, lo enterró velozmente sobre su propio pecho y sintió la amargura de la muerte y... la nada misma. Su rostro cayó encima del pecho de la mujer, pálido, con sus ojos negros y llorosos, y la sangre que fluía y fluía sin parar desde su pecho dañado por la daga del amor.

   La mujer desnuda abrió los ojos y con una mueca de alegría escupió sobre el difunto, alejó su cabeza con repulsión cubriéndolo con la sabana para no verlo. Se levantó, su piel se tornó negra y opaca, se acercó hacia la ventana, la abrió, y desplegó unas alas grises gigantescas, que agitó de arriba a abajo mientras se alejaba bajo el brillo de la luna llena, que había sido testigo de tan espantosa tragedia.
   Tal vez iría a disfrazarse, para buscar otra víctima al día siguiente.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Parálisis del sueño

   Cada noche la misma historia. Todo oscuro y yo ahí, postrado sobre la cama, esperando que todos mis músculos empiecen a temblar descontroladamente y sin razón alguna, que pasaba frecuentemente a la misma hora. Ya le había perdido el miedo, y ahora lo esperaba con desprecio y total falta de atención, evitando pensar que era parte de mi vida.
   Mi madre entró por la opaca puerta apenas visible, y con paso sigiloso, dejó un vaso de chocolatada en el velador, a la izquierda de mi cama. Estaba malhumorado, así que decidí cerrar los ojos y fingir que estaba dormido. Dejé caer unas lágrimas, no quería dormir temprano, pero debería hacerlo para evitar la serie de episodios que vivo regularmente. No era precisamente bronca lo que tenía, mmmm... si en realidad eso era.
   Con furia y totalmente descontrolado, aventé con mi brazo el vaso de chocolatada que había traído mi madre, que se hizo trizas sobre el piso de madera que cubría mi habitación.

   Pensaba en mi rutina de mañana.... bañarme, desayunar, luego ir a la consulta con el Dr. Stevez que no era más que discursos repetitivos sobre lo que me pasaba y de posibles soluciones tontas, lo consideraba totalmente innecesario. Hacia la tarde, consulta con mi terapeuta, que no hacía más que evidenciar lo absurdo de mi vida y taladrar mi cabeza con conceptos necios de autoestima. Suelo reírme mucho al recordarme, respondiendo sus preguntas turbias y fingiendo asentir sus consejos con aprobación.
   Recuerdo vagamente, que en una ocasión, mi terapeuta, sádicamente, refirió a mi idea de suicidio con una expresión soberbia y burlona diciendo: —Aunque intentes alguna vez cometer suicidio, será imposible que logres tu meta.
   Es que ante una situación tan estresante y desafiante, mi cerebro empezaría a generar alertas y mi epilepsia comenzaría en el momento exacto del episodio, haciendo imposible la culminación del acto heroico. De hecho, así resultó ser, cuando intenté digerir un gran puñado de pastillas, cuando intenté rebanar la vena de mi muñeca con mi navaja, y en el momento exacto en que quise, de alguna manera, meter los dedos en el enchufe... ninguna de ellas funcionó. Lo sé, soy poco original y no se me ocurrieron otras formas. Pero me cansé de intentar y de que no resulte.

   Si, así como lo piensas, mi vida es absurda, tristísima y vacía.
   Y entonces me resigné, a pasar otra noche solo, y cerré los ojos, e imaginé lo distinto que sería mi vida sin esta maldita enfermedad que me apresaba, que me impedía ser un ser social pleno, que me impedía sentir el enamoramiento, y que cada día crecía en magnitud y tapaba cada vez mas mi existencia por completo. Era un infierno, vivir bajo la agonía de un calor sofocante, que no lo provocaba el sol precisamente.
   Y mis ojos se cerraron por la angustia, y ojala no despertase, y ojala que muriera intoxicado por una nube radiactiva que entre por mi ventana, y ojala sea mutilado por algún ladrón que se intente llevar mi computador, y ojala que perros salvajes me devoren y se hagan un festín conmigo.
   Solo era cuestión de esperar, y que amanezca otro infernoso día. Y dormía, plácidamente a la espera del nunca jamás, del ya no ser.

   De pronto, despierto, desquiciado por la tragedia que me esperaba, si, mis días eran precisamente eso. Y era absurdo, pero no pude mover los brazos, ni mi cabeza, ni mis piernas, ni nada que fuera parte de mí. Pero aquí estaba, despierto, y escuchaba el cantar de los pájaros, y el martillar de los obreros junto a mi casa... pero no, ni mis ojos se abrían, ni mi boca, intente levantarme y nada. Veía la agitación dentro de mí, el palpitar veloz de mi corazón, pero no podía moverme, y escuchaba todo, y entendía todo... y otra vez dormí, agotado, de forma automática.
   Y desperté, nuevamente, aturdido por mis sueños, y si, otra vez se repetía.... era inmóvil. Ya no era gracioso, ya me espantaba la situación, y quise gritar, y pedí ayuda desde mi mente, más era todo silencio, e intentaba tumbarme, hacer algo de ruido... mas todo era en vano.
   Abrí mis ojos, al menos eso creí sentir. Vi a mi madre, entrando por la puerta, para despertarme como es costumbre. Todo estaba claro, veía los rayos brillantes del sol entrando por la ventana de cortinas blancas.
   Me miró con ternura, intenté decirle que estaba despierto, que me ayudase... mas no me escuchó, mi boca no emitía sonido alguno. Y cerró las cortinas de la ventana, seguramente para que ningún rayo de luz me evite dormir, y se retiró cerrando la puerta con cautela.
   —Mamaaaaaa! —grité, con todas mis fuerzas, casi hasta quedarme sin respiración.
   Estaba cansado y volví a dormir.... y desperté luego, y me aterré. Lloraba por dentro, si, se que lloraba, sentía esa angustia que sentía en cada intento de suicidio.
De pronto sentí a mi cuerpo moverse descontroladamente y lo vi, agitándose como olas enfurecidas. Otro de mis episodios estaba ocurriendo. Y en un estruendo que pude escuchar claramente y pude sentir de manera violenta, me vi boca abajo, tirado en el suelo. Vi los cristales rotos, del vaso que había roto por la noche, me sentí mareado. Y sentí los gruesos y grandes trozos de vidrio sobre mi abdomen, e intenté levantarme, pero no pude.
   Pasaron eternos minutos intentando resistirme al estar atrapado y dormido, debilitado, sin fuerzas, ni siquiera para intentar lo imposible. Y miré hacia el piso, estaba cubierto de rojo... si, era sangre, y parecía ser que salía del molestoso ardor en mi abdomen.
   Y escuchaba el tic-tac del reloj, y quería temblar de miedo, pero tampoco podía, y me convencía de que era un sueño... pero era demasiado real y tenebroso. Y dios.... la sangre aumentaba, casi era un rio de agua colorada que cubría mi habitación, y me sentí mareado, casi shockeado. Y no podía hacer nada.
   No pude evitar pensar que esta era la salida que necesitaba, que aunque era terriblemente temeroso, fue lo que siempre desee.
   Escuchando a los pájaros, y la música rockera de mi hermano a lo lejos, sentí como el corazón paraba de latir.
   Y dormí otra vez, y jamás desperté.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Confesión de un alma oscura

   —Mi mundo se detuvo cuando sentí tu refrescante olor a fresas.
   No pude creer que siguieras vivo, después de las ciento cuarenta y dos puñaladas que aventé sobre tu hermoso corazón.
   No me lo creerás... pero no quise hacerlo. Y ahora te tengo aquí, atormentando mis noches, mis días, mi pensar cotidiano.
   ¿Será que renaciste para vengarte de mí y partir también mi corazón?
   ¿Será que volviste para mostrarme mi crueldad y que sufra por tu causa?
   ¿Y esperas que te pida perdón?, siendo que mi acto no tiene retroceso ni salida.
   Que aunque mi amor siga.... ya te fuiste. Y regresas vestido de blanco, y te desconozco, y te temo y te compadezco.
   No eres tú ese ser, que me persigue sin parar en contra de mi voluntad, y pretende que lo siga para saciar su anhelo de amor y locura.
   Sabes que no puedo hacer lo que me pides, que trasciende mi voluntad tu petición, que aunque quisiera, mi conciencia me lo prohíbe.
   Después de todo, por algo te apuñalé... para que no siguieras insistiendo en nuestro amor platónico que no existirá.
   Suelta mi mano!, no me invites a tu mundo, que no quiero, que no puedo... que aunque insistas, se me es imposible gratificarte.
   No lo lamentes, yo soy el cruel que no supe ver tu bondad. Basta de disculpas y perdones, deja de ser dulce y de lacerarme con tu compasión y cariño.
   Deja de conquistarme, que me lastima verte sonreír y fingir que todo está bien... deja de decirme que me amas, deja de herirme con tus palabras bellas.
   No suspires, que me duele el corazón verte mojar esos hermosos ojos café.
   ¿No ves que no puedo dejar de pensarte?, ¿no ves que eres el protagonista de mis sueños lúcidos y astrales, que eres el primer y último recuerdo de cada día?
   Deja de forzarme, para convertir en realidad y pesadilla mi sueño soñado.
   Y no lo lamentes, que mi alma negra se pudrirá sin amor, y la tuya brillará por siempre y estará visible, hermosa, parpadeante a mi vista.
   Y aunque te ame, ya sabes que no puede ser, ya sabes que no y mil veces no.
   Vuelve a tu refugio de ángeles y sé feliz con uno de ellos.
   Ya vete, y deja de alumbrar mi cuarto oscuro, que me encandilas.