martes, 21 de febrero de 2012

El gato enamorado

    Clarisa terminaba de redactar su artículo para la facultad, y para pasar el aburrimiento, sacó lo necesario y prendió un cigarrillo mientras se asomaba a la ventana. Y vio al gato negro, que rompía la basura que acababa de sacar, y que tormentosamente lo hacía de manera rutinaria. Ya lo había encontrado en dos ocasiones husmeando en su cuarto, y era tanta la repulsión hacia él, que lo ahuyentaba con gritos de espanto y odio. No dudó ni un segundo y agarró la escoba para perseguirlo y hacerlo trizas, literalmente.
    Abrió la puerta que daba hacia la calle, y con escoba en mano, se acercó de forma brutal al felino, que se alimentaba gozosamente de las sobras que la bolsa negra contenía en su interior. Pero, seguramente a base de sentidos totalmente agudizados, el animal negro salió corriendo al ver a la mujer rubia de rulos furiosos que se acercaba con prisa. Clarisa no pudo siquiera tocarle un pelo, fue fugaz el escape del felino, y recorrió casas y saltó paredes para refugiarse de la intrépida mujer que le prohibía alimentarse.
    Ya estaba cansada del infeliz gato, que parecía que le encantaba provocar y jugar a las escondidas. Se metió a su hogar, y se olvidó del asunto tomándose una siesta.

    Horas después despertó... ya se hacía tarde, en tres horas tendría una cita con Federico, el galán del pueblo de ojos extremadamente cautivadores, al que solo conocía hace unas semanas y estaba perdidamente enamorada. Decidió seleccionar el mejor conjunto para conquistar a su amor; dejó planchado un hermoso vestido rojo pasión con escote amplio y seductor, unas sandalias blancas con rosas rojas de decoración y una hermosa blusa rosa pálido. Y fue a bañarse y a tratar su hermoso cabello que necesitaba unos toques de tintura.
   Regresó mas tarde, luego de su baño, secando su cabello, intrépida, desnuda, mirando ansioso su vestido que luciría para su gran amor. Y fue hacia la mesada junto a un gigante espejo, y miro sonriente el colgante que su amor le había regalado, brillaba el oro que lo cubría, y el precioso corazón floreado que contenía de adorno. Se dirigió emocionada a la cama y se colocó el vestido esbelto, ceñido, a su medida y calzó las hermosas sandalias en sus pálidos y delicados pies.

   Solo faltaba una hora, y debía estar perfecta, pensaba mientras sacaba diversos maquillajes que aplicó sobre su boca, ojos y mejilla. Y se sentía una diosa, la más bella y afortunada mujer de todo el pueblo.
Sonriente fue a mirarse al gran espejo, y dios...... que espanto. Junto al espejo, sobre la mesada de joyas estaba el intrépido gato, desafiante,  mirándola con envidia. Clarisa lo miró con furia y casi como un reflejo, lo espantó con gritos amenazadores. El gato, tomó con su mandíbula el colgante de la mujer y salió escapando por la ventana de la cocina.
   Clarisa estaba espantada, y casi shockeada intentando mantener la calma, tomó las llaves, miró el reloj y furiosa se marchó por la puerta en búsqueda del maldito gato que la desafiaba y obviamente en búsqueda del colgante, que sin lugar a dudas, debía recuperar con urgencia.
    Lo vislumbró al finalizar la cuadra, estaba sentado mirándola desde allí, deseoso de ser perseguido.
    Y no dudó, fue automático, comenzó a correr al animal que como una pluma saltaba y se deslizaba juguetón sobre la vereda de la cuadra. Que angustia la invadió en ese momento, ese gato maldito la haría llegar tarde a su privilegiada cita, y estaba demasiado enfadada. Y seguía corriendo, y corriendo... y corriendo.

    Después de varias cuadras, el gato se desvió a un estrecho callejón. Clarisa se detuvo y miró temerosa, pero no dudó, quería recuperar su joya y masacrar al maldito gato, y caminó por el angosto callejón esquivando las telarañas y muchas palomas muertas.
    El audaz gato la miraba parado sobre un tronco, invitándola a capturarlo, emitió un maullido y se deslizó hacia un baúl que se encontraba en el piso y soltó de sus mandíbulas el colgante, dejándolo caer dentro de él. Clarisa furiosamente corrió hacia el encuentro del gato... a pocos metros, este saltó a una columna de hierro antes de que esta pudiera alcanzarlo... y no le importaba, ya tendría oportunidad de mutilar al horrible gato negro.
    Se arrodilló en busca de su tesoro, y asomó la vista sobre el baúl lleno de liquido rojizo pálido, y vislumbró a su preciado colgante al fondo, y casi con asco sumergió su brazo completamente en el baúl.
    Su brazo se paralizó por un segundo, y sintió al gato negro que caía sobre su espalda y le arañaba la nuca, y gritaba, gritaba, temblaba de miedo, mientras pequeñas gotas de su sangre caían al baúl.... y luego silencio y todo se tornó gris y ya no veía colores, y vio su cuerpo bajo las pezuñas del gato que ahora eran suyas y corrió asustada casi con un instinto animal a la columna de hierro a lo alto. Y vio en tonos grises como su cuerpo se levantaba shockeado, balanceando sus risos rubios y sacaba el colgante del baúl y se lo colocaba sobre su cuello mientras caminaba por el callejón hacia la calle.

    El hechizo había resultado, al menos hasta media noche. Ahora el gato negro, se dirigía con caminata torpe a su cita tan deseada por años, a su anhelo, a su obsesión, con su precioso vestido rojo para incendiar de pasión a su amado y el colgante de oro que descansaba sobre su pecho. Y clarisa lo miraba desde lo alto, con su pelaje negro, sus ojos turbios y su elegante bigote... y no comprendía nada de lo que sucedía.

Los gatos también se enamoran, y sueñan con ser humanos, y ser deseados por todo hombre.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Corazón de hielo

   Eran dos hermosos meses de verse todos los días y tirarse besos a través de la pantalla de sus computadores, teniendo una relación de amor demasiado linda y perfecta. Y compartían el mismo continente, pero era muy lejana la distancia.
   Y él, en un extremo del mundo, un ser oscuro, que ama de a ratos y por otros se aburre, ser que ama aveces a mas de una persona, ser que se enamora de personajes ficticios de las películas, ser que casi no siente y que daña sin compasión... si, un ser de la tragedia, casi sádica su personalidad. Pero pues, no podía evitarlo... así era su vida: un electrocardiograma anímico... ¿bipolar? puf, esa etiqueta le quedaba corta.
   Luego de tener muchas charlas cursis y melosas con su amado que era pura bondad y cariño, un día de esos tomó una daga y no tuvo ningún temor al decir las palabras... "ya no te amo mas".
   Y aunque para él fue muy fácil... su amor bondadoso se retorcía como un gusano al otro lado del mundo, su corazón se volvió una lluvia de cristales rotos esparcidos en el suelo, lagrimas que eran casi lluvia caían sobre el rostro de su amado sin parar. Vagamente él se despedía sin culpa, mas su amado lo hacía agitado de la angustia casi no queriéndolo hacer, con una mano en su pecho intentando detener la hemorragia que no paraba de fluir.
   ¿Que hacía esa alma negra?, ¿no vio acaso que su amor se moría al otro lado?, ¿tan ciego y egoísta era?, ¿tan vacío era su corazón?, ¿tan fría y oscura era su alma?. Y pues parece que lo era... es aún hoy, un hielo rígido y helado.
   Ni siquiera imaginó la tormenta que sufría su amado, como se consumía al ser devastado por aquél que no tiene sentimiento alguno y sin previo aviso aventó un cuchillo sobre su pecho.

   Él, el egoísta frío y oscuro, luego de terminar el acto horroroso sobre su amado, se recostó sobre su cama con total tranquilidad para dormir y soñó con él, con su victima... allí podía verlo, herido, atormentado, con un rostro opaco y pálido casi al punto del suicidio... debo decir que su sueño era casi un espejo de la realidad. 

   Si, hielo era el pobrecito... pero pasaban los días y el corazón reclamaba lo que su mente perversa había hecho... era un mar de contradicciones su cabeza. Y pues sí, lo extrañaba demasiado y le era inevitable mirar sus fotos y recordarlo tan tierno como era.... y pensaba en como hizo lo que hizo, no podía creer su punto de crueldad, tal vez -pensaba- era una especie de reencarnación del demonio. Que espantoso error había cometido, y ya no tenía vuelta atrás.
   Era extraño, ya que como hielo lo apuñaló y ahora se volvía agua en su ausencia... y sus días eran solo llantos y lamentos, nada podía quitar su amargura. Ni siquiera tenía valor para terminar con su vida, era así de oscuro para pensarlo y cobarde para hacerlo.
   Su vida no tenía sentido, no volvería a amar jamás... pues como ángel de la tragedia solo servía para conquistar y luego matar. Ya debía terminar con eso... y solo acabaría dejando de amar.

   Pasaron los días... cada uno mas amargo que el anterior... y pasaron.... y pasaron...

   Ya pues, su amor vuelve mucho tiempo después, como enamorado y tierno que es... queriendo saber de él, de su vida, sintiendo curiosidad de que tan feliz se encuentra, extrañándolo vuelve moribundo a entablar cariñoso diálogo con el asesino de su corazón. Y aclara ya no querer amarlo, ya no más.. ya no quiere ser lastimado por el ángel maligno que trató de matarlo una vez. Pero afirma, que aunque teme su amor, lo quiere mucho a él... y no quiere perderlo, y ahora planifica una amistad, con ese ser horrendo y sin alma que solo pidió disculpas y ahora dice amarlo eternamente... casi como jugando, pero dice ahora ser verdad.

   Ese ser oscuro sembró la maldad, y ahora su amado teme volver a enamorarse. Y pues, aunque sea mucho el arrepentimiento, ya está hecho y el miedo será muy difícil de sanar.

   Es pues un cuento de bondad y tragedia... y aunque eran personas distintas, con tal antagonismo, ambas se pudieron enamorar.

Nada más puro, que un ser que quiere... aún al que le hace daño. 
Y pues, así es el amor, tan puro, que te hace amar hasta a la más horrenda persona al otro lado del mundo.

domingo, 4 de diciembre de 2011

La sortija de origami

   Él, radiante sentado en su sillón tapizado de cuero, con su sortija de origami recién armada. Era perfecta para el diámetro de su dedo, con un aro grisáceo y una perla simulada color rojo, que le gustaba pensar que era un rubí. Y esperaba ansioso que su amor le propusiera matrimonio o... alguna de esas cosas muy cursis, para entregarle una copia idéntica que tenía reservada.
   Había un detalle... no podía mencionar el nombre de su objeto de amor, o sería lapidado o hasta quemado en la hoguera.  Debía guardarse todo su anhelo y enamoramiento en su propio silencio y tal vez... solo mencionárselo a las flores que considere más discretas. Ni siquiera podría decir de que especie era, no era conveniente ni siquiera afirmar que era humano.
   Todo el mundo lo observaba, cuando locamente, lo veían pasearse con su sortija de papel en el dedo por todos lados, y lo llamaban el loco del origami, ya que, ciertamente, sabía hacer varios diseños con el arte del plegado de papel. Pero no le importaba, y escuchaba, según él, como los pájaros alentaban su búsqueda y espera a que su gran amor llegara... y así hacer entrega de su sortija del amor y cumplir todos sus añorados sueños.

   Cuando caminaba por la ciudad, podía ver a su objeto de amor reposado sobre el mismo árbol de verde follaje, y podía sentir ya como lo hipnotizaba su sonrisa, su mirada, hasta la forma de mover su mano para rascarse la nariz. Deseoso al observarlo, anhelaba que esa persona fuese el vehículo de su amor. Era perfecto para ser el refugio de su alma incendiada, que ya no podía estar solo en su cuerpo... ardía demasiado.
   Era torpe en sus movimientos, y tropezaba como un bruto, por el simple hecho de no poder quitarle la mirada de encima.
   Daba vueltas por el mismo lugar como diez veces, casi como un psicópata o como un astuto ladrón queriendo encontrar la ocasión exacta para atacar a alguna joven indefensa... pero no, era solo el amor que le hacía cometer esas locuras.
   Mientras se alejó un par de cuadras para evitar sospechas, y luego volver al sitio a mirarlo, se puso oscuro, las nubes opacaron el cielo y él, muy desabrigado, no tuvo más remedio que apresurar el paso para irse a casa y en el camino volver a enloquecerse con la figura de su amor.
   Llegó allí, y tapando su cabeza con su mochila, miraba como seguía ahí contemplativo bajo el refugio del árbol... y llovía tormentosamente, y luego ráfagas enormes no lo dejaban ver y la lluvia pegaba con furia.
   Bajó su brazo para mirar la hora, y vio agonizante, su querida sortija, empapada de agua, desarmándose entre sus dedos. Y no distinguía por unos segundos si era lluvia o tibias lágrimas las que rodaban por su mejilla. Miró hacia el árbol, y ya no estaba... seguramente era un amor hecho de papel y también lo deshizo la lluvia.
   Y caminó hacia su casa, triste, mezclándose con la lluvia que lloraba junto a él.

   Y mientras caminaba pensaba.... tal vez era así, todo en su vida era hecho de papel y todo estaba destinado a desvanecerse con el agua o el fuego.